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Han pasado casi trece años desde que el Alvia 04155 que salió de la madrileña estación de Chamartín, dirección Ferrol, descarriló en la curva de Angrois, a las afueras de Santiago de Compostela. Ochenta personas perdieron la vida y otras 114 resultaron heridas. El calvario judicial de víctimas y familiares, más de dos lustros después, sigue inconcluso con una sentencia del Juzgado de lo Penal número 2 de Santiago de Compostela que condenó a dos años y medio de cárcel al maquinista, Francisco José Garzón, y al que entonces —cuando se puso en funcionamiento la línea— era director de Seguridad en la Circulación de Adif, Andrés Cortabitarte.
Es inevitable adentrarse en el farragoso paralelismo de los hechos con lo ocurrido el pasado domingo en Adamuz. Si bien tienen grandes diferencias y es todavía muy pronto para las comparaciones, la experiencia de aquel desastre de la curva de Angrois ha dotado a la sociedad civil —aunque también a la clase política y empresarial— de varias conclusiones y otros tantos aprendizajes para afrontar las consecuencias del accidente entre el tren Alvia 2384 y el Iryo 6189 que se ha llevado la vida de al menos 43 personas y ha herido a más de 120.
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