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Dado que nací justo cuando acabó la Guerra Civil, puedo recordarlo en primera persona y con la máxima objetividad. El franquismo lo viví como una dictadura férrea y asfixiante. El nacionalcatolicismo lo dominaba todo, nada escapaba a su control. La Iglesia y la Falange eran los ejes de mi pueblo, Portugalete. La Iglesia era el centro del pueblo y sus tentáculos se extendían por todas partes. Y la Escuela, su fiel aliada. A ella venían los curas para extender el Catecismo mientras los maestros nos llevaban en fila todos los sábados a confesar. Los maestros habían venido de fuera de Euskadi, borrando la ilustrada huella de los maestros de la República. La mayor parte de aquellos, incluido mi padre, habían sido depurados. La libertad política era nula y cualquier disidencia se pagaba con la cárcel. La propaganda fascista era atronadora, al igual que el machaque constante contra comunistas y socialistas. Estos se nos mostraban como el compendio de todos los males. Hitler se nos presentaba como modelo y la democracia había que detestarla. Su faz era el rostro de la masonería y de una desbocada libertad. La única Democracia de verdad la constituía era la Democracia Orgánica, y el Caudillo reinaba como un enviado de Dios. Todos los resortes de las instituciones caían en manos franquistas. Los enchufes pasaban por las manos de los adictos al Régimen. Es en este ambiente carcelario en el que creció mi generación, con un bachillerato que contaba entre sus asignaturas con la de Espíritu Nacional. Capítulo aparte merecería el escarnio social y político de los malvados separatistas. Los vascos portábamos un virus a erradicar y el euskera se veía como una especie de molesta antigualla.
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