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El azar marca el destino de los protagonistas de 'Los ídolos de bronce', de Francisco A. Carrasco - ¡Zas! Madrid

El azar marca el destino de los protagonistas de ‘Los ídolos de bronce’, de Francisco A. Carrasco
Pedro M. Domene
  • On 1 marzo, 2023
  • http://acabodeleerymegusta.blogspot.com/

Solo de cuentos

Francisco Antonio Carrasco carga la fuerza de sus cuentos en el concepto de oralidad, y el resultado de una aparente sencillez en su aspecto formal se verá medido en su estética que, además, queda identificada con una prosa ajustada, con calificativos calculados que recrean una visión convincente y real de ese devenir de los tiempos, tanto del pasado como del presente

Francisco Antonio Carrasco es un periodista cultural y autor de cuentos, con varias colecciones publicadas hasta el momento, El silencio insoportable del viajero y otros silencios (1999), La maldición de Madame Bovary (2007), Taxidermia (2011), y su última entrega, Los ídolos de bronce (2022), una muestra sobre el inequívoco sentido a que nos somete el azar.

Los cuentos se convierten, en una definición categórica de absoluta rotundidad, en el reverso insospechado de nuestra realidad y, en ocasiones, cuando el escritor ensaya el género se ve obligado a la renuncia expresiva y a la economía de un rico abanico de posibilidades textuales; es más, invierte en el juego de lo invisible para que el lector, en última instancia, desarrolle con su intuición esa dosis de realidad, incluso de fantasía que se le supone en un buen cuento, o a un mejor relato en su desarrollo.

El concepto de fabulación que se sirve de la realidad, de la memoria, o del dato histórico que descubre el revés de lo real y de la ficción. Y, es verdad, el cuento, literariamente hablando, es el género con más peculiaridades que el resto de disciplinas literarias porque, desde una perspectiva histórica, es anterior puesto que existe desde que el hombre tuvo necesidad de inventarse aventuras y leyendas sobre dioses o héroes, sobre hombres y mujeres, viajes fantásticos que incluían seres imaginarios en un absoluto sentido estricto de lo que denominamos narración o relato.

La literatura es un inmenso campo de experimentación en el que los escritores ofrecen lo deseable de su imaginación y los lectores lo completan con su mejor interpretación. Erna Brandenberger ya se cuestionaba, en 1973, delimitar la extensión de cuento literario y, en el examen que realizó en un abanico amplio de relatos demostró que sus límites habría que establecerlos en torno a la estructura y a la técnica y no con respecto al número de páginas, convenciéndonos de que se trataba de un género mixto que explicaba la diversidad de sus formas y zonas de contacto con otros géneros literarios, y Juan Antonio Masoliver Ródenas piensa hoy que, con respecto al cuento, el escritor es quien debe adaptarse a las exigencias del género, lo único que caben son variaciones y más allá de estas variaciones el cuento dejaría de ser cuento.

Los cuentos, como ha escrito Eugenio Fuentes y hacemos nuestra esta definición, son como frutos de un bosque por el que uno se pierde con toda facilidad, pero sobre todo permiten experimentar, indagar nuevos territorios narrativos con mucha flexibilidad. En un relato se determina lo significativo, aquello que se cuenta sobre una base estricta y en la medida de lo necesario, de lo imprescindible, esa condensación que actúa siempre en favor de la intensidad, como elementos sustanciales de un género que, como afirmaba Julio Cortázar, todo debe conducir a una especie de fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo más grande, también, el cuento es, según Antonio Pereira, el resultado de saber una buena historia y saber contarla con la intensidad y brevedad necesarias.

Ricardo Piglia asegura que, el cuento, es un experimento con la noción de límite y, como sostiene Andrés Neuman, en un relato, un minuto puede ser eterno y la eternidad caber en un minuto. También, compartimos la opinión de Henry James que consideraba que este tipo de textos debían ser una impresión directa de la vida, y no una mera copia. En ocasiones, el relato se vale del efecto sorpresa, y de otros muchos elementos que nos alejan de una realidad concreta. La amplia variedad de fórmulas y registros en las colecciones que han venido publicando no pocas editoriales, grandes y pequeñas, ejemplifica, de alguna manera, el buen momento de la nueva narrativa breve en nuestro país: los autores, aquellos que vienen escribiendo desde décadas, observan cómo sus pequeños textos se abren camino en el difícil mercado competitivo con la novela y los best sellers, con perdón.

Caracteriza la prosa breve de Carrasco la versatilidad, el ritmo y la intensidad, una medida y calculada extensión y aunque varios de sus relatos ofrecen una perspectiva consabida, terminan con un quiebro final y no menos sugerente; y, una vez más, el cordobés cargará la fuerza de sus cuentos en el concepto de oralidad, y el resultado de una aparente sencillez en su aspecto formal se verá medido en su estética que, además, queda identificada con una prosa ajustada, con calificativos calculados que recrean una visión convincente y real de ese devenir de los tiempos, tanto del pasado como del presente.

Las catorce historias que reúne el volumen, Los ídolos de bronce, recrean episodios y perspectivas del pasado y del presente que cuestionan, de alguna manera, situaciones imprevistas que el hombre califica como acontecimientos del azar y que provocan un desenlace inesperado que rompe la causalidad de los acontecimientos. La primera historia, “El Canfranero”, marcará los límites a que somete el narrador cordobés al resto de sus cuentos, temas universales, con estructuras narrativas, cuentos o relatos de contracción que se desarrollan en un espacio geográfico variado, y aportan secuencias biográficas, contados de una forma lineal aunque con ciertos desniveles entre el inicio mismo y el final del cuento, léase, “Problemas domésticos”; o el cuento de situación, cuya época, el narrador, la hará coincidir con la historia a contar, se desarrolla en un mismo escenario, y las secuencias giran en torno a un mismo suceso con ese evidente objeto convertido en símbolo, léase, “La máscara”; y el cuento combinado, más complejo y extenso, desarrolla una situación inicial sobre un dilatado período de tiempo, y el narrador principal servirá de nexo de unión para todo el relato, como en “Cuentas pendientes”, textos todos ellos de una calculada variedad y extensión.

La creación de caracteres, de individuos o tipos corresponde, en gran medida, a la novela, aunque los protagonistas en el relato no tienen la evolución de ese carácter y se mantienen invariables desde el comienzo mismo, incluso cuando se narra una agitada vida o existencia que se desarrolla en unas páginas, muestra inequívoca de un buen relato, de estructura, ambientación, caracterización, y desarrollo hasta el final, con un guiño que nos muestra la maestría de un mejor final, tan inesperado como solvente, el caso de “Tormenta”, un texto que subraya ese pasado reconocible, una idea o situación repetida en la historia de la literatura, sobre un tipo respectivo de narración que confirma un tópico, aunque en este cuento se individualiza en cada uno de los hombres que forman la partida de maquis y, sobre todo, en el joven protagonista que de esa forma adquiere un nombre propio.

Francisco Antonio Carrasco teje una tela de araña en torno a esa causalidad caprichosa que hemos apuntado, y que se concreta en un seguro azar de lo más variopinto, como si el tema hubiese acompañado a los protagonistas de estos relatos a lo largo de un dilatado tiempo y que el narrador recupera en algunas propuestas que tienen que ver con enfermedades, con secretos guardados en viejos mapas, monstruos cotidianos, encuentros del pasado juvenil, violencia femenina, accidentes de tráfico y sus consecuencias de pareja, retrato de un pasado bélico, amores platónicos de consecuencias funestas, historias de niños, violencia de género de insospechados finales, la educación, la realidad de los trasplantes, una vuelta de tuerca con hechos históricos, y esas cuentas pendientes que muchos arrastramos y que, con algo de suerte, se convierten en el espacio textual que confirma como somos conscientes de un posible destino, que si no forjamos al menos estamos sometidos a su antojo, o ese guiño del devenir que una vez alejó a los protagonistas de una vieja historia de amor y que años después quedará marcada por la tiranía del tiempo, o el infortunio.




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