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¡Zas! Madrid | September 1, 2026

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La película 'Palestina 36', de Annemari Jacir, relata la tragedia de casi un siglo de sangre - ¡Zas! Madrid

La película ‘Palestina 36’, de Annemari Jacir, relata la tragedia de casi un siglo de sangre
Ignacio Castro Rey

«Un excelente trabajo, preciso y bien organizado»

«Estamos seguramente ante el más importante intento fílmico de darle la vuelta a la victimización de los judíos que logró Éxodo»

Ninguna novela, tampoco Ulises, se juzga sólo en términos literarios. Ninguna película se lee con ojos estrictamente cinematográficos. Tanto entre sus apologetas como entre sus detractores, Palestine 36 es inseparable de la carga emocional de una tragedia que arrastra casi un siglo de sangre. Bastante ha hecho su directora para darle una forma entreverada y hasta cierto punto serena.

Annemarie Jacir, cineasta, guionista y poeta palestina, nacida en Belén (1974), directora de Palestina 36.

A pesar del obvio compromiso moral de Annemari Jacir, militante de un pueblo martirizado, estamos ante un excelente trabajo, preciso y bien organizado. Tras una estructura divulgativa, digamos convencional, mantiene la tensión y el interés de principio a fin. No sólo el trabajo de los actores es casi impecable, sino que la directora consigue además una variedad humana sorprendente. Más una constante tensión, podríamos decir coral, entre los distintos personajes. Es notorio que a Jacir le importa mucho lo que está haciendo, lo cual no es óbice para que mantenga un adusto control sobre lo que cuenta. Y ello sin un excesivo maniqueísmo, a pesar de enfrentarse probablemente a su propio rencor y a un material explosivo: el comienzo de la rebelión palestina y árabe contra el mandato británico y la invasión de miles de refugiados judíos. Esto último, hay que recordarlo, parcialmente en connivencia con el III Reich. Hitler consideraba que había que dar una solución final al «problema judío» y parte de esa solución consistió en ocupar una tierra que ellos, los elegidos, consideraban de nadie. Una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra, reza la propaganda sionista del momento.

Fotograma de Palestina 36.


Nada más lejos de la realidad, se empeña en demostrar Jacir en estos 119 minutos de metraje. Lo consigue, hay que decirlo. Estamos seguramente ante el más importante intento fílmico, con abierta vocación comercial, de darle la vuelta a la victimización de los judíos que logró Éxodo (1960), la afamada cinta de Otto Preminger. Con un Paul Newman en uno de sus papeles más carismáticos, este largometraje consagró la unanimidad occidental en torno a la causa del moderno Israel. Se puede decir que la película de Jacir consigue darle la vuelta a aquella unanimidad, y no con menor tensión sentimental y épica que Éxodo, aunque en este caso se trate de la epopeya de los no elegidos.
¿Se acabará por ello con la narrativa imperante, con el incesante best seller periodístico, literario y cinematográfico de un Holocausto que acaba logrando la práctica impunidad del Estado de Israel, haga lo que haga? Ni lo sueñen. Aparte de otras mil cosas y del tirón de taquilla de películas que no crean conflicto (Un ser querido, La bola negra ), es más que probable que Palestina 36 no lo tenga nada fácil, ni siquiera con la presencia de Jeremy Irons. Posiblemente será boicoteada a fondo, no en vano hiere de frente un relato hegemónico que tiene detrás, no lo olvidemos, el furor de unas antiguas víctimas que hoy poseen una influencia multimillonaria.

«¿Se acabará con la narrativa imperante, con el incesante best seller periodístico, literario y cinematográfico de un Holocausto que acaba logrando la práctica impunidad del Estado de Israel, haga lo que haga? Ni lo sueñen».

No obstante, por esta voluntad impertinentemente política sobrepuesta a sus méritos cinematográficos, Palestina 36 merece ser vista con mucha atención. Y quizá más de una vez. Es cierto que la realización (¿cómo no?) podría haber mejorado algún pasaje; que a algún personaje le convendría una más alta definición; que la causa judía podría haber sido un poco más visible (¿todavía más?), y no sólo la labor pérfida de un Imperio Británico empeñado en usar al sionismo como una cuña para sus propios intereses en Oriente Medio. Es cierto algo de todo eso. Pero con el reto de contar una historia a contrapelo de las versiones dominantes, según las cuales el genocidio actual proviene de aquel octubre de Hamás, poco más se le puede pedir a la directora de esta emocionante cinta. Raramente se sienten estas ganas de gritar, de alivio y de entusiasmo, a la salida de una valiente versión del viejo «conflicto entre árabes e israelíes», al fin contado de otro modo. ¿Que falta algún elemento histórico? Imposible que no fuera así en el laberinto de esta historia, tergiversada además hasta la suciedad por décadas de propaganda occidental.

Fotograma de Palestina 36.

De alguna manera milagrosa, sin embargo, Jacir atraviesa incólume esa propaganda asfixiante. Nos puede brindar entonces un amplio abanico de vivencias a disposición del oído y la vista, de las sensaciones y el pensamiento. Lo cual no es poco en una historia tan política, tan ahíta de interpretaciones y tan coaccionada por todas partes.
Se crea así un fresco vivaz con el verde de los olivos rodeando una infancia feliz, con rostros bellísimos, algún inglés inolvidable y mujeres que no cesan de sostener el trabajo en las aldeas, aun bajo una constante humillación y en las peores condiciones. También, por encima de todo, encontramos héroes y mártires hechos a la fuerza. Cuando tal vez habían nacido, y así era su deseo, para una anodina vida campesina o, como máximo, una tranquila labor cultural.
Sin sentimentalismo, pero patente hasta las lágrimas, Jacir nos sirve una ternura que inunda. ¡Lo que le habrá costado a esta mujer, comprometida con su pueblo arrasado, mantener esta especie de beatitud ecuménica! E inventar el estado de gracia de Rabab y su hija Afra; de un Yusuf de ojos claros; del bondadoso y valiente padre Boulos, el sacerdote cristiano; de su niño Karim, más tarde terrorista a la fuerza. Hasta la forma que tiene Khouloud de despedirse de su marido, al fin y al cabo un traidor, está teñida de una enorme delicadeza. Ya nos gustaría que tuvieran algo de esta probidad nuestros contemporáneos, los mismos que han mirado hacia otro lado con el genocidio en curso. Khouloud no. Ella lucha incansablemente, pero sin una secta ideológica que la ampare. Sobre todo, sin odiar jamás. Los personajes de Palestina 36 no necesitan la Iglesia de una ideología, esta sordera programática que hoy balcaniza el mundo. Les basta con defenderse, a veces incluso con humor, frente a la ignominia.

«Sin sentimentalismo, pero patente hasta las lágrimas, Jacir nos sirve una ternura que inunda».

Quedamos nosotros, los espectadores. Tan realizados, tan autoconscientes, tan soberbios. ¿Conseguiremos algún día, en los próximos años, estar a la altura de la herencia ética y estética de esta humilde historia? Nos va a costar. Que el Dios de los humanos, el de todos nosotros sin excepción (ateos, musulmanes, cristianos y judíos), atienda nuestra flaqueza. Así sea.

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