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Iban Zaldua publica 'A escondidas', su último libro de cuentos - ¡Zas! Madrid

Iban Zaldua publica ‘A escondidas’, su último libro de cuentos
Pedro M. Domene
  • On 8 enero, 2024
  • http://acabodeleerymegusta.blogspot.com/

«La literatura es una constatación del fracaso»

El escritor Iban Zaldua autor de A escondidas. (Fotografía: © Koldo Mendaza_Piko Zulueta).

Iban Zaldua (San Sebastián, 1966) es cuentista y entre sus libros destacan Mentiras, mentiras, mentiras (2000), La isla de los antropólogos y otros relatos (2002), Itzalak (2004), Porvenir (2005, Premio Euskadi de Literatura), Biodiscografías (2011; Páginas de Espuma, 2015), Inon ez, inoiz ez (2014), Sekula kontatu behar ez nizkizun gauzak (2018), Como si todo hubiera pasado (2018) e Ipuina engainua da (2022). Las novelas Si Sabino viviría (2005) o La patria de todos los vascos (2008), o el ensayo Ese idioma raro y poderoso (2012). Ha publicado su último libro de cuentos, A escondidas (2023), en la editorial Páginas de Espuma.

¿Cree usted que tal y como esta la vida podemos mirarla a escondidas?
A veces es la única manera de mirarla y cogerla un poco por sorpresa.

¿El sarcasmo y la ironía ayudan conllevar el peso de sobrevivir a diario?
Creo que la ironía, sí; respecto al sarcasmo no estoy tan seguro, porque me da la impresión de que un uso continuado del mismo agría el carácter. En cualquier caso, como recurso literario yo diría que la ironía funciona cuanto menos intencional o programática sea su utilización, cuanto más está ligada a la visión vital del autor o la autora. La ironía suele desactivarse cuando uno trata demasiado conscientemente de ser irónico.

¿Todo es posible desde el punto de vista de la ficción?
Todo lo humano tiene un límite, y por lo tanto eso quiere decir que la ficción también lo tiene: todo es un concepto demasiado amplio, en ese sentido. Pero con la ficción, que es la aplicación de la imaginación a eso que llamamos realidad, podemos abarcar más, por lo general, llegar más lejos, salir de la estrecha órbita del “yo y mis circunstancias”.

¿Que digan de usted que consigue despertar en el lector una emoción agitada es un halago o un firme propósito de compromiso?
Supongo que lo primero. David Foster Wallace contaba que tuvo un profesor que solía decir que la tarea de la mejor narrativa era relajar al inquieto e inquietar al relajado: a mí me gustaría ser de los del segundo grupo, de los que intentan inquietar al relajado. Aunque si lo consigo o no lo tendrán que decidir los lectores, claro está.

¿Qué predomina más en su cuentística, el sentido del humor o el mensaje que quiere llevar a sus lectores?
Supongo que depende del cuento. Hay unos, en mi último libro A escondidas, en el que el sentido del humor es el eje principal, como en “Castañas”. Pero también hay cuentos en que está más bien ausente, como en “Guerras Civiles” o “’La Côte Basque’, revisited”. Sin embargo, yo diría que en algunos las cosas van de la mano, como en “Spam”, “Discutiendo conmigo mismo” o “Muerte por Twitter”. Siempre entendiendo “mensaje” en un sentido distinto al de “parábola”, desde luego.

¿La tradición fantástica sigue ofreciéndole materia suficiente para construir sus relatos?
Es mi origen, yo di mis primeros pasos en ese campo cuando empecé a escribir, y aunque desde entonces me he interesado cada vez más, tanto como lector como cuando escribo por eso que convencionalmente se denomina realismo, suelo volver a lo fantástico con asiduidad. De manera que sí, me imagino que no he agotado aún la fuente de la tradición fantástica, que no deja de ser, por otra parte, el género seminal del relato literario contemporáneo.

Me imagino que no he agotado aún la fuente de la tradición fantástica, que no deja de ser, por otra parte, el género seminal del relato literario contemporáneo.

¿Piensa que el aspecto fantástico de sus cuentos ilumina más que otro la verdadera visión de la realidad?
Para mí lo fantástico tiene sobre todo sentido, en literatura, siempre que sirva, vía retorcimiento, para desvelar o para “desnormalizar” aquello que, por lo que sea, nos parece normal en eso que llamamos realidad.

¿Quizá A escondidas pretenda profundizar en el tema de la fantasía?
Bueno, esa es una de las intenciones del libro: la compilación de cuentos en euskera de que procede, Inon ez, inoiz ez, tenía tres patas: la más convencionalmente realista, la que lidiaba con cuestiones relacionadas con el llamado “conflicto vasco”, y la que tiraba más por la vía de lo fantástico. La destilación de aquel libro al castellano, en este A escondidas, se decanta por aquella parte fantástica del libro, y en ese sentido es más compacto, más libro que el volumen del que procede. El recurso a lo fantástico es una de las tramas que une los relatos de este libro.

¿Cómo explicaría usted el concepto de literatura a partir de su condición de lector?
No sé si entiendo bien la pregunta, pero yo diría que la literatura, por medio de la mentira, por medio de la ficción, ayuda a enfrentarse a las verdades de la vida. Y, sobre todo, acompaña, nos hace compañía, cuando se trata de buena literatura, sin atontarnos a la vez. La literatura, cuando es buena, no adormece: despereza.

La literatura, cuando es buena, no adormece: despereza.

¿La visión realista de sus cuentos se sustenta, quizá, en esos pequeños detalles que la vida les ofrece a sus personajes?
Ya he dicho que para mí –y en esto no soy nada original porque, torpemente, sigo a Julio Cortázar–, lo fantástico solo funciona siempre que tenga algún tipo de anclaje en eso que llamamos realidad. Y para eso son muy importantes los detalles: el elemento fantástico de los relatos puede estar más velado; de hecho, tiene que estar más velado, porque, como comentaba César Aira, el exceso de detalles resta credibilidad a lo fantástico. Pero el realismo está, precisamente, en los detalles, por eso pueden llegar a ser tan importantes.

¿La literatura puede siempre, en alguna medida, salvarnos del fracaso?
No, la literatura es una constatación del fracaso. Estamos condenados a fracasar, y la literatura, que en sí suele ser un fracaso, nos lo recuerda: la obra que tenemos en la cabeza siempre es mejor que la que logramos con esas herramientas limitadas que son las palabras. Aunque hay que seguir intentándolo, cómo no.

¿Qué hubiera pasado con Kafka de haber sobrevivido a su enfermedad?
Supongo que una de las posibilidades es la que fabulo en mi cuento “El traductor de Kafka”, pero no pienso hacer spoiler, ja, ja, ja. Lo que habría que preguntarse es que hubiera pasado con el pobre Max Brod, que se habría quedado sin su misión vital. Eso igual daría para otro cuento…

¿Se sintió obligado a escribir sobre el tema vasco?, ¿sigue siendo un tema prioritario o literariamente rentable?
No sé si “obligado” es la palabra: “impulsado” es quizá más adecuada. La literatura, para mí, es lo contrario a la obligación. Tampoco sé si es literariamente rentable, la rentabilidad es un concepto más del campo de la contabilidad, ¿no? Y sobre “prioritario” diría lo mismo: nada es prioritario en ese espacio de libertad que debería ser la literatura. Pero sí creo que es un tema importante para la ciudadanía vasca, como la Guerra Civil y el franquismo debería serlo para la española. Y la literatura, como la historia, es uno de los instrumentos que tenemos para seguir contándonoslo.

Nada es prioritario en ese espacio de libertad que debería ser la literatura.

¿Es necesario buscar siempre el revés de la realidad?
Una vez más, no comparto el concepto de necesidad aplicado a la literatura. Para mí puede ser importante o, incluso, necesario en algunos momentos, pero no tiene por qué serlo para otras escritoras o escritores, desde luego.

Una pregunta más para terminar, ¿qué le pide usted a un buen cuento?
Que me sacuda y que me ilumine. Y que no se alargue más de lo necesario, es decir, que no intente imitar a la novela.


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