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¡Zas! Madrid | May 20, 2024

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'Pleroma', de Ángel Zapata - ¡Zas! Madrid

‘Pleroma’, de Ángel Zapata
Javier Quevedo

Zapata, el estilita

¿Qué es Pleroma? Una obra tan soberbia como se publican pocas en este momento. Y eso ya desde el título: el Pleroma de los gnósticos designa el mogollón divino en origen, antes del desembalaje. O desde el punto de vista de la historia sagrada, el Ser en el instante previo a despeñarse en el universo por puro aburrimiento. En fin, Pleroma es todo antes del estreno, lo más sublime: ¿puede haber título más ambicioso?

El mejor pórtico para penetrar en Pleroma nos lo proporcionan las citas del comienzo. Dos aluden a la realidad (pavorosa) y a su antídoto (el sueño, que es como decir el arte) de forma muy shopenhaueriana. Las otras dos se refieren a la estética del libro, que repudia la realidad y su lógica, y reclama como corolario una nueva lengua que permita expresar lo que ignora la de todos los días. Pero eso, se dirá, es lo que siempre ha hecho cualquier literatura digna de su nombre. Sí, pero pocas veces de manera tan kamikaze.

Tomemos la primera frase del libro: «La muerte se ha dejado en el guardarropa su carnet de baile y esto va a darle mucha emoción a la velada». Y ahora la última: «Tantas, tantísimas latas de gasolina amontonadas en los paraninfos, y aún no sabemos a qué le corta el paso la compuerta de la realidad». Entre medias, no hay progreso, ni en sabiduría ni en nada. Seguimos igual que al principio: «Hoy como ayer, el espacio está lleno de medusas y la vehemencia de los flagelantes contamina hasta la más minúscula alegría». Y no sólo eso: «Por razones de higiene, está en estudio que la Eternidad tenga carácter retroactivo». Y aún peor: «Los mapas tosen, las aficiones desmedidas se mueven en silla de ruedas».

Ángel Zapata, autor de Pleroma.

Inútil tratar de traducir a términos coloquiales este lenguaje críptico. Inútil ensayar alguna hermenéutica alegórica, porque no se nos habla en clave de otra cosa; es esa otra cosa quien nos habla sin intermediarios. Zapata es mero amanuense, un escriba, no un oráculo que interpretar. No hay más sentido que el literal. Si, por ejemplo, se nos dice: «En el mundo hay ahora una gran cantidad de ventrílocuos confabulados para hacer daño», empeñarse en espigar tras esos «ventrílocuos confabulados» poderes ocultos que manipulan a sus muñecos de la política, queda bien pero es falso. Hay que tomarlo al pie de la letra y dejar de buscar un sentido oculto. Aquí todo está a la vista. Los ventrílocuos son ventrílocuos y su maldad es la propia de quien habla por persona interpuesta, sin decir lo que quiere y sin querer lo que dice. Frente a ello, el texto se alza como un monumento a la univocidad y el puro candor.
Para quien todavía busque sentido, va esta casta advertencia, que el lector hará bien en no descuidar: «Nada va a revelarse, no ahora» («Espiral»).

Pleroma se divide en un introito («Estalactita») y cinco capítulos, compuestos cada uno de once textos que no sobrepasan la página. Todo está calibrado al milímetro y nada es casual, salvo el propio Pleroma, claro. No dudo por ello de que tales números (5, 11) obedezcan a algo. ¿Acaso los cinco capítulos/emanaciones de Pleroma corresponden a las cinco generaciones de eones de las que habla Tertuliano a propósito de Valentín el Gnóstico? Quién sabe. Esa manía neoplatónica de las jerarquías resulta engañosa, porque a partir de aquí sobreviene el delirio.

Una vez dentro de Pleroma, descubrimos un universo inarticulado y vacilante, aún en la hormigonera. Abunda lo liminar, lo fronterizo, lo que une y separa («Diafragma», «Desnivel», «Entreacto», «Acantilado», «Bisagra»); también lo que está a punto de empezar o consumarse («Abecedario», «Vísperas», «Encrucijada»).

Como en toda cosmología, son frecuentes las imágenes astrales y meteoros, sólo que aquí se trata de un universo enloquecido, a un paso de descarrilar. En «Encrucijada» la música de las esferas se dedica a servir el té; las tablas de la ley se ignoran como siameses mal avenidos y las galaxias están a punto de ponerse a girar en sentido contrario. Sólo falta que las cascadas fluyan hacia arriba, como quería Wilde, pero eso, al parecer, ya sucede en Chile.


Como en toda cosmología, son frecuentes las imágenes astrales y meteoros, sólo que aquí se trata de un universo enloquecido, a un paso de descarrilar.


Lo peor no es que el apocalipsis dé comienzo, sino que es una birria, una banalidad: «Si te das cuenta», nos advierte «Fuego fatuo», «entramos en la nueva Edad de Hielo como entraríamos en una habitación de hotel que acabara de desocupar el rayo». Y «Órbita» lo confirma: «aquí como en Islandia lo banal prevalece».

En cualquier caso, no es que el discurso enuncie el caos, es el propio discurso el que se ha vuelto caótico. Lo único concebible (título de uno de los destellos del libro) es lo inconcebible: «a un mundo se le juzga por sus azares» y Pleroma no ofrece más que una sucesión de azares de los que la norma ha sido cuidadosamente proscrita.

Y si, pese a todo, a veces se rescatan entre el pandemonio fragmentos con sentido (agudos aforismos, dignos del filósofo más avisado), es porque también en un macadán es posible descubrir trozos machacados de lápidas, con sus inscripciones legibles: «El júbilo gregario crece sin tasa y ahora toca buscar como locos un atajo a lo Inconcebible»; «La Grisura que tanto nos ha inspirado va a sentarse al volante del siglo»; «Lo que está en vías de desintegrarse es ensalzado como un modelo de la duración futura»…

Recolectándolos uno a uno como un arqueólogo, es posible reunir restos de una ética («Incluso en la mejor de las hipótesis se recomienda vagabundear», «No existe eso que nos haría felices»), una psicología («Bajo el cemento de la identidad se disimula una piscina en la que crecen algas venenosas»; «Predomina una forma de cordura tributaria del abatimiento»), una metafísica («Hoy como ayer el Espíritu usa impermeable, el Amo y el Esclavo se aparean en el bosque tan pronto como cae la luz») y hasta una política («Cada vez se contempla con peores ojos que los pisoteados sientan rencor»; «Digáis lo que digáis, a estas horas tendría que percibirse un furor desbocado manando de todas las grietas, y lo cierto es que no»).

Credo quia absurdum: el rigor es extremo en medio de lo arbitrario y lo onírico obedece a leyes tan inflexibles o más que las de la vigilia.

Uno de los errores más frecuentes que cometen los que se acercan a una escritura en el límite del sentido es pensar que su oscuridad prima facie proviene de la indolencia y la falta de precisión. Se atribuye al autor la propia pereza del lector a la hora de enfrentarse con lo insólito. Todo lo que escapa para éste a lo previsible se confunde con la bufonería y el disparate, es decir, con una regresión a lo pueril y a su indulgencia con las propias paridas. De ahí el mohoso «Esto lo pinta mi niño de seis años» ante un cuadro de Picasso.


Uno de los errores más frecuentes que cometen los que se acercan a una escritura en el límite del sentido es pensar que su oscuridad prima facie proviene de la indolencia y la falta de precisión.


Ahora bien, si algo brilla por su ausencia en cualquier texto de Zapata es la gansada. No hay chistes, signos de exclamación, puntos suspensivos, ni otras marcas de expresividad en ellos. Ninguna concesión al histrionismo. Zapata es de una severidad jansenista a la hora de redactar, y sus oraciones, tan hieráticas y rituales como un Kabuki del inconsciente.

Si, aun así, a veces comparece el humor, lo hace de manera involuntaria, igual que ciertas sustancias entran en combustión espontánea al contacto con el aire. Como en Buster Keaton, lo cómico nace de la máxima seriedad a la hora de enfrentarse a las absurdas convenciones del momento: «Los condenados a morir en la horca lo hacen constar en el currículum»; «En el hueco que dejan los que mueren repentinamente lo acertado es poner un ascensor»; «La costumbre piadosa de pedirle un autógrafo a Jesús en el instante del Descendimiento está peor vista cada día»; «No le perdono al sacerdote que me separase la cabeza del tronco para bautizarme con más comodidad si luego no sabía devolverla a su sitio»; «Me declaro entusiasta del Ofertorio, siempre que sea la hostia la que ahora levante al sacerdote, y no al revés».

Lo emocionante en este discurso inhumano no es el delirio, sino la obstinación en someter a sintaxis, a prosodia, ¡hasta a bel canto! los restos del naufragio —basura estelar orbitando alrededor de un planeta en llamas—. ¿A quién no le conmueve una ceremonia del té entre los escombros de un terremoto? Léase, por ejemplo, «Eclipse», donde a base de desperdicios se recrea una belleza suprema: Pleroma es un libro para escuchar, no para leer.

Acorde con la ambición del título, el estilo se pasea con promiscuidad de un género a otro. Hay un rango de bazar muy amplio, que va de lo lírico («El tiempo: un puñado de pétalos») a lo prosaico («Por tradición, las miopes se masturban disimuladamente en las competiciones de tiro al plato»), pasando por lo exhortativo («No améis por amar, no améis sino a los grandes vientos») o las corrientes de inconsciencia de la primera parte, de una belleza que no desmaya.

Prevalece con todo el explorador con salacot y cazamariposas, que da cuenta meticulosa de todo lo que se cruza en su camino, no sólo de lo de fuera, sino también de sí mismo: «Como las cucarachas, la Naturaleza aborrece el vacío»; «En los balnearios suizos, las Letras del Tesoro roban la mantequilla del desayuno a las puestas de sol»; «En la fotografía, el modo subjuntivo contempla estupefacto el Himalaya momentos antes de morir»; «Todo lo que reniega de existir me es afín de una manera o de otra».


«Todo lo que reniega de existir me es afín de una manera o de otra»


Las imágenes, como las tonalidades en música, acarrean estados de ánimo, atmósferas, nostalgias y anhelos sin nombre, a menudo afásicos. Si hubiera que juzgarlo por su tonalidad, este libro sería uno de los más oscuros y desesperados de Zapata, si es que la esperanza, esa cosa con plumas, tiene lugar en su universo («aquí como en Islandia la esperanza está en búsqueda y captura», se informa en «Órbita»).

Sus renuncias son tan extremas (al sentido, la historia, la sentimentalidad, los personajes, a todo lo que hace que los otros libros parezcan una excursión escolar en autobús, donde todos cantan a coro antes de estrellarse), que a mí me recuerda a uno de esos ascetas asombrosos de Santiago de la Vorágine. Por ejemplo, a Simeón el Estilita, que pasó media vida encaramado a una columna en mitad del desierto. Como siempre, la penitencia se reveló milagrosa y el desierto se llenó de admiradores. Para evitar malentendidos, Simeón elevó la altura de la columna, como viene haciendo Zapata de libro en libro, con lo que los admiradores aumentaron. Dice entonces el Flos Sanctorum que unos envidiosos enviaron sicarios que le ordenasen bajar de la columna y vivir como los demás; y que si se negaba, era señal de soberbia y que le bajasen a la fuerza. Pero que si hacía amago de apearse, sería prueba de humildad y su penitencia, mandato divino. Simeón echó mano de la escalera en cuanto se lo pidieron, con lo cual se demostró que no tenía interés especial en seguir allí arriba y lo dejaron en paz. También Zapata, en cuanto tiene que dar clase o alguien le propone una caña, baja raudo de la columna, pero sólo para volver a encaramarse nada más acabar, mientras los admiradores no dejan de arracimarse alrededor del pedestal.

Desde arriba otea el desierto, el nuestro, compuesto de Naturaleza e Historia. Como sabe cualquier gnóstico, Naturaleza e Historia son lo irreparable; en ellas está siempre vendido todo el pescado. ¿Qué tiene de extraño que, desde hace varios libros, Ángel Zapata se haya encomendado a la otredad más radical, aquello que no se puede nombrar de ninguna manera y, sin embargo, va y se nombra? Visto así, era inevitable que terminase encontrándose con el gnosticismo por el camino. Que fuera la gnosis la que le llevó al huerto o se tratase de un encuentro casual y necesario es lo de menos. Ya Hans Jonas señalaba los armónicos que resuenan en cuanto se pulsa, una junto a otra, la cuerda gnóstica o la del nihilismo (de donde, no nos engañemos, ya no salimos). Que el dios escondido sea el de los surrealistas o el de Valentín y Marción no cambia la nota. La escritura continúa siendo un salto en la noche (la oscura del alma) y la sensación de libertad es terrorífica. Pero si se pasteuriza bien, la retórica religiosa sigue conservando un enorme potencial expresivo.
No he encontrado una formulación más perfecta de la estética de Zapata y de sus paradojas, de su fuerza arrolladora y su arrolladora oscuridad, de su imposibilidad y necesidad, de su belleza y desespero, que esta deslumbrante oración de Gregorio el Teólogo, citada por Hans Jonas al final de su libro:

Oh tú, que te encuentras más allá de todas las cosas,
¿cómo llamarte?
¿Cómo alabarte por medio del lenguaje,
si no eres expresable por lenguaje alguno?
¿Cómo la razón te contendrá,
si eres incomprensible para la mente?
Eres el único inefable,
pero engendras todo lo que está abierto al lenguaje,
Eres el único que no puede ser conocido,
pero engendras todo lo que está abierto al pensamiento…
Eres el fin de todas las cosas,
y una y todas y ninguna,
no siendo una ni todas, reclamando todos los nombres,
¿cómo te llamaré?

¿Se llega por aquí a algún tipo de mística? O a un puesto de gallinejas, yo qué sé. «Cierto tipo de exuberancia mística vuelve a estar a la orden del día», se admite en «Pesos y medidas». Las consecuencias de encomendarse a un lenguaje nocturno (y ha habido varios en la historia) son imprevisibles, pero a nosotros lo único que nos importa son las letras. Después de todo, teología y filosofía no son más que letras, franquicias de la literatura, de la fantástica a veces («solo combinaciones de objetos imaginarios», como dice Roussel en una cita de Pleroma), de la homilética en sus peores momentos. Yo no levito y aquí sólo se habla de literatura, en concreto de una cuya filiación se remonta a Lautréamont y Rimbaud. De haber algo más, que lo decida cada quisque, se llame Zapata o Gregorio Nacianceno.


… Aquí sólo se habla de literatura, en concreto de una cuya filiación se remonta a Lautréamont y Rimbaud.


Pero si no hay salvación, ¿para qué sirve entonces esta literatura? Para saber que hay algo más vivo que nosotros mismos, aunque esté dentro de nosotros mismos. Para saber que no somos más que un sueño, un invento de la teología, y que hay otros sueños mejores, más lujosos, donde los ventrílocuos no tienen cabida y las tumbas vienen provistas de periscopio para ver acercarse el día del Juicio Final. Si hablo por mí, los libros de Ángel Zapata me provocan una euforia incontenible de Día de la Victoria, donde todo parece posible y todo empieza de cero, y lo que semejaba inexpugnable se deshace al primer soplido. O como diría Zapata desde arriba de la columna: «Lo que hurtas cada noche a la locura, eso eres».




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