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¡Zas! Madrid | May 30, 2024

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Almeida, entre homenajes a las víctimas de los nazis y el borrado a las del franquismo - ¡Zas! Madrid

Almeida, entre homenajes a las víctimas de los nazis y el borrado a las del franquismo
Ritama Muñoz-Rojas

La tensión entre la derecha gobernante en el Ayuntamiento y los colectivos que reivindican la memoria democrática tiene un importante campo de batalla en el callejero de Madrid

El pasado marzo, la ciudad de Madrid rindió homenaje a sus vecinas y vecinos deportados a Mauthausen y otros campos de concentración nazis en un acto en el que quedó inaugurado un gran conjunto escultórico en el que figuran los nombres de los 449 madrileños víctimas del nazismo. «Desde Madrid hacemos un homenaje tardío, pero un homenaje más que merecido, un homenaje que se proyecta sobre el futuro de la ciudad, porque la mejor forma de prevenir que pueda volver a producirse un episodio tan brutal y de tal de barbarie de deshumanización de la persona, como sucedió con los campos de concentración nazis, es que todos tengamos conciencia de lo que sucedió para que jamás pueda volver a suceder»

Son palabras que se escucharon en ese acto, pero no, no las pronunció ninguno de los representantes de las víctimas del fascismo allí presentes. Este párrafo corresponde al discurso de José Luis Martínez-Almeida, el alcalde que nos ha dejado una de las imágenes más tristes, crueles y monstruosas de estos últimos cuatro años; duele todavía ver las fotos de las placas con los nombres de tres mil fusilados en la tapia del Cementerio del Este entre 1939 y 1944 rotas y tiradas por el suelo. «Nunca me imaginé que se pudiera llegar a eso. A mi abuelo lo volvieron a fusilar ese día», declara Luis Salvador, nieto del que fuera alcalde socialista de Fuenlabrada, ejecutado en la tapia del cementerio en 1940.

A Almeida también le dio exactamente igual que la calle dedicada a un barco que salvó la vida de miles de exilados españoles después de la guerra, el Sinaia, lleve ahora el nombre del crucero Baleares, el que torpedeó a casi cinco mil civiles que corrían aterrados por la carretera de Málaga a Almería, huyendo del ejército golpista.

Es el alcalde que reivindicó a Millán-Astray en la inauguración de un legionario de mármol que mide tres metros y pesa 600 kilos, plantado al lado del monumento a la Constitución. Un agresivo legionario, bayoneta en mano y en posición de “quieto, parao no se mueva” que, por cierto, representa a la Legión de 1922, la que Millán-Astray fundó para aplastar y masacrar a los rebeldes en Marruecos. Ese alcalde, capaz de empatizar con las víctimas del nazismo, es también el alcalde que ha eliminado el nombre de la calle dedicada a las víctimas de los atentados del 11M, para que siga llamándose como en la época franquista, nada menos que calle de los Caídos de la División Azul, en homenaje a ese cuerpo militar que formó parte del ejército nazi. Y el que retiró a martillazos una placa dedicada al presidente de la República Francisco Largo Caballero.

La pelea por la memoria es una lucha cultural que se disputa en el espacio público, el que la gente pisa, mira y toca, a base de gestos, formas, símbolos, nombres, placas y argumentos demasiado burdos a veces. Como el que se esgrimió para justificar lo que ya se califica como vandalismo institucional en la tapia del Cementerio del Este. Así lo explica Alberto Tellería, vocal técnico de la Asociación Madrid Ciudadanía y Patrimonio; «A mí lo que me sorprende sobre lo de la tapia del cementerio del Este es que argumenten como excusa para cargarse el memorial que en esa lista había gente que eran asesinos. ¿Cómo sabemos si eran o no asesinos? Lo que sabemos es que eran víctimas. Y a las víctimas no se les pregunta. Si se levanta un monumento al 11 M, nadie se pregunta sobre la biografía de las víctimas de ese atentado. Sabemos que murieron injustamente, pero no nos hemos puesto a mirar si había defraudadores de Hacienda o maltratadores. Decir que las víctimas del franquismo no merecen un homenaje, porque alguna pudiera haber cometido crímenes de guerra, es asumir que su fusilamiento estuvo bien, que estás a favor de la pena de muerte, y eso es una absoluta barbaridad por parte del Ayuntamiento. Cuando estamos hablando de víctimas, pueden ser las del teatro Novedades, y cuando estamos hablando de los muertos del 11 M estamos hablando de víctimas que murieron injustamente».

Por continuar con las sorprendentes palabras del alcalde de aquel día en que se celebraba en Madrid el homenaje a las víctimas de los nazis, uno podría pensar que Almeida estaba despistado, que se la habían colado, que no sabía lo que decía o estaba pasando por un arrebato mental transitorio de empatía y solidaridad con las víctimas del fascismo, «una ciudad como Madrid solo se puede construir sobre el recuerdo de aquellas personas que sufrieron la mayor de las barbaries», llegó a decir. Nada que ver con la realidad que tan bien analiza Juan Jesús Molina, representante del Foro por la Memoria «Ellos se oponen a todo lo que tenga que ver con víctimas del franquismo. Si son víctimas de los nazis, se relaja todo, aunque deberían saber que las víctimas de los nazis lo son también de Franco. Este memorial es un logro de todos los colectivos, especialmente de Amical de los Deportados y hay que fijarse bien en las palabras de Almeida en ese homenaje a los deportados a los campos nazis. En ese discurso intenta por todos los medios desvincularse de las víctimas del franquismo». Realmente, para el que escribió el texto supuso un admirable ejercicio de contorsionismo verbal digno de elogio.

Hay otro ejemplo precioso que tiene que ver con la presencia de la memoria democrática en la ciudad, en el espacio público, y que da la razón a lo anteriormente expuesto por Juan Jesús Molina, porque se vuelve a demostrar la descarada la diferencia que hace el gobierno municipal entre las víctimas del franquismo y el resto de víctimas. Hablamos ahora de las stolpersteine, los baldosines para tropezarse en la calle con las personas que fueron víctimas de los nazis. Resulta emocionante caminar por la ciudad y encontrarse con el nombre de alguien que vivió donde ahora se ha colocado un ladrillo con su nombre, que es siempre en el domicilio que tenía antes de convertirse en víctima de los nazis, en un deportado a algún campo de concentración al que, en todos los casos, llegó porque salió de España huyendo del franquismo. Curiosamente, ese detalle no computa para el gobierno de Almeida, que ha dado luz verde a estos pequeños memoriales que van surgiendo por la ciudad, con el visto bueno de todos los grupos, incluido Vox; en el caso de Madrid, se debe a una iniciativa totalmente personal que puso en marcha Jesús Rodríguez y su familia, después de haberlos visto por las calles de Alemania (en Barcelona lo está llevando a cabo la Generalitat). En Madrid, la familia Rodríguez fue localizando a los familiares de deportados madrileños a campos nazis; hablaron con los responsables municipales para conseguir los permisos para instalarlos en la vía pública, y, desde 2019, se han ido colocando casi sesenta de estas piedras siguiendo el protocolo del artista que las creó. «Todas se hacen en Alemania y las hace siempre la misma persona, la que las creó, siguiendo un procedimiento totalmente artesanal, porque se graban con martillo y cincel», explica Jesús Rodríguez. Las que se van colocando por las calles de Madrid suman en el proyecto internacional que acaba de alcanzar la stolpersteine número cien mil. Son las familias las que asumen los gastos que suponen en torno a 130 euros.

La tensión entre la derecha gobernante en el Ayuntamiento y los colectivos que reivindican la memoria democrática para que la verdad, la justicia y la reparación estén también en los espacios públicos tiene un importante campo de batalla en el callejero. Durante el mandato de Ahora Madrid (2014-2019) se cambió el nombre franquista de 52 calles con el consenso de todos los grupos. Cuando el PP llegó al consistorio, asociaciones vinculadas a la Legión, a la Fundación Francisco Franco o familias de personas del régimen franquista hicieron su trabajito para conseguir, de momento, el cambio de nombre de estas seis calles, vía querella judicial que ganaron y que Almeida no quiso recurrir:
– Calle Maestra Justa Freire pasa a ser calle del General Millán-Astray.
– Calle Memorial 11 de marzo de 2004 pasó a llamarse calle de los Caídos por la División Azul.
– Calle Barco Sinaia pasa a ser la del Crucero Baleares.
– La Avenida de la Institución libre de enseñanza volvió a llamarse Hermanos García Noblejas.
– La plazuela de José Rizal, escritor y médico filipino que murió ejecutado por la Guardia Civil, acusado de rebelión, ha pasado a ser la del Algabeño, un torero muy activo en el golpe del 36 y en la represión franquista.
– La calle de Pintor Ramón Gaya, autor de los cuadros del Museo del Pueblo de las Misiones Pedagógicas ha pasado a ser la de Cirilo Martín, alcalde de Aravaca durante el franquismo.
«Es una cuestión de conveniencia política, casi siempre para contar con votos de Vox. Una ciudad como Madrid no puede tener una calle dedicada a la División Azul. En ningún país europeo sería posible que una calle llevase el nombre de Avenida de los Caídos de las SS», declara Alberto Pérez Fernández, miembro de la Fundación Ángel Llorca e integrante de la Plataforma por unas Calles Dignas de Madrid.

Espacios de memoria
Sobre los memoriales y espacios en los que habría que reivindicar a las víctimas de la guerra y de la dictadura hay que hacer dos importantes paradas. Una de ellas en la cárcel de Carabanchel, o, mejor dicho, en el lugar donde, hasta 2008, estuvo este centro penitenciario, emblema de la represión franquista y por el que pasaron casi todos los opositores al franquismo. Su demolición durante el gobierno de Zapatero fue un mazazo para los expresos que llevaban años reivindicando el edificio para alojar un gran centro dedicado a la Memoria Democrática. Una vez desaparecida la cárcel, se mantiene el propósito de que exista en ese lugar un espacio de carácter memorialista en las parcelas del antiguo centro penitenciario, que ocupan 17 hectáreas, y sobre el que ya existe un plan para la construcción de 650 viviendas y un hospital. «En ese contexto, desde el punto de vista memorialista, estamos reivindicando que haya un centro de memoria que es compatible, con ese plan parcial, puesto que hay distintas opciones», declara Luis Súarez-Carreño, arquitecto, e preso miembro de la Comuna y de la Plataforma por el Centro de Memoria de la Cárcel de Carabanchel.
La cárcel tiene interés desde varios puntos de vista. Es un lugar emblemático de la dictadura y la represión, y como cualquier lugar de represión en el que hubo gente, miles de personas que padecieron persecución política y persecución social; la cárcel era emblemática porque era la más importante del Estado español. Y además esta prisión se construyó por presos antifranquistas en la posguerra, en los años cuarenta, con mano esclavizada. «Pero es que además también era un edificio singular desde el punto de vista arquitectónico y urbanístico», añade Suárez Carreño.
La otra parada sería en la Puerta del Sol, en donde, hasta la época de la Transición, estuvo la Dirección General de Seguridad a la que llegaban los opositores al régimen detenidos por la Brigada Político-Social. En donde ahora ejerce de presidenta de la Comunidad de Madrid Isabel Díaz Ayuso, se torturó, a veces hasta la muerte, a hombres y mujeres que luchaban por la democracia. No existe ni una placa que recuerde y explique lo que fue aquel lugar, porque alguien no quiere ponerla, y esto es un buen reflejo de lo que importa a unos y a otros la presencia o la no presencia de nuestro pasado todavía mal contado en los espacios públicos. Las razones por las que los movimientos memorialistas reclaman verdad, justicia y reparación de las víctimas las conocemos bien. Los motivos para no hacerlo de la derecha que gobierna la ciudad de Madrid no hay quien los entienda.

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