'Ciclogramas', de Jesús García Rodríguez o la poesía como oráculo - ¡Zas! Madrid
«Creo que lo que de bueno y de bello puede tener el libro proviene de lo que podemos llamar la sabiduría del inconsciente»

Jesús García Rodríguez es licenciado en Filología Alemana y doctor en Filosofía, forma parte del Grupo Surrealista de Madrid y es coeditor de la revista Salamandra y de la Editorial La Torre Magnética. Ha publicado libros de poesía, entre ellos la Trilogía de la troposfera, formada por los volúmenes Migración, Poikilía y Remisión, los volúmenes de ensayo La niña salvaje, Delirio transductivo (junto a Ana Marques), Historia de la inteligencia y la ética animales. Y los ensayos Historia de la literatura nórdica contada en una hora y No soy nadie. ¿Quién eres tú? sobre la poesía de Emily Dickinson, entre otros. Junto a Eugenio Castro tradujo La llama ebria. Antología de mujeres poetas del surrealismo. Su última obra es Ciclogramas, publicado en la editorial Libros de la Resistencia.
¿La elección del círculo como la representación geométrica que engloba el poema remite al sentido de eternidad de la poesía, de su unidad interior, de su infinitud, a la circularidad de lo poético…?
Todos esos aspectos que mencionas están en cierto modo presentes en la elección de esa forma circular. Quería también experimentar con la continuidad y discontinuidad de las palabras y del texto, dado que en los ciclogramas ni el principio ni el fin están dados de antemano, es el lector/la lectora quien decide por dónde empezar y dónde terminar dentro de la secuencia circular. La forma del círculo dota también al texto de una impresión de movimiento, un dinamismo con el que también quería experimentar. Y por supuesto, la circularidad se presta muy bien al juego de la repetición, de la letanía o el mantra, que inducen estados de trance. Me gusta pensar que estos textos, surgidos de estados no conscientes, pueden introducir a quien los lee a esos mismos estados. Y por último para mí también era importante la cuestión de que el círculo remite esencialmente al vacío al que rodea. Un círculo no es sino una línea que rodea el vacío, y un ciclograma no son sino palabras rodeando el vacío, algo que en el fondo coincide con la idea lacaniana de qué es un ser humano. Por eso aludo también al ensō del zen japonés, un símbolo sagrado que remite al vacío, a la negación de toda forma. A nivel estético o puramente visual, un ciclograma es eso: palabras dando vueltas a un vacío central.
«Un círculo no es sino una línea que rodea el vacío, y un ciclograma no son sino palabras rodeando el vacío, algo que en el fondo coincide con la idea lacaniana de qué es un ser humano».

Indicas en la nota inicial que estos ochenta ciclogramas podrían provenir de los mantras, de la poesía visual, de los carmina figurata… En cualquier caso, lo importante, puntualizas, es que su significado último se escapa a tu propio entendimiento. Me gustaría que ampliases esta idea.
Como te he indicado antes de pasada, las frases (o a veces solo palabras, sin verbo alguno) que componen los ciclogramas llegaron a mi consciencia de forma abrupta e inesperada mientras realizaba paseos por el campo o la ciudad (soy un caminante empedernido). Y llegaron desde regiones para mí desconocidas por debajo de la conciencia racional. Por eso no sé realmente qué es lo que quieren decir. Eso me gusta, porque hace que los textos sean mucho más ambiguos, difusos, y misteriosos. Cuando leo alguno de ellos, a veces me parecen querer decir algo, y otras veces me sugieren otra cosa distinta. Son susceptibles de muchísimas interpretaciones, pero creo que ninguna agota su sentido, entre otras cosas porque, como te dije, cada ciclograma puede leerse de diversas maneras, debido a que las palabras se acumulan en un círculo sin signos de ortografía que indiquen comienzo, pausa, interrupción o conclusión. Muchas veces el lenguaje se articula dentro de nuestra mente sin que nosotros tengamos un control racional sobre él; esa es la base en el fondo de la escritura automática y del automatismo psíquico defendido por los surrealistas, y también de la inspiración poética. Por debajo de la mente racional, el lenguaje juega sus juegos. Los sueños son evidencia de ello, pero también el lapsus linguae, o los pensamientos intrusivos o inesperados. En el trance de la escritura automática, el poeta, la poeta, es ante todo un médium, un medio a través del cual se comunica algo ajeno, un intermedio entre lo inconsciente oculto y lo consciente manifestado, una especie de central receptora y transmisora de mensajes arcanos, de mensajes del otro lado de la consciencia. «Mensaje automático» es el nombre que André Breton dio en un principio a la escritura automática, pues en ella uno recibe un dictado de una voz o de unas voces desconocidas provenientes de algún nivel o estrato de nuestra propia consciencia, que luego ponemos por escrito. Es importante indicar, a este respecto, que la escritura automática no puede ser reducida a un puro azar o a una pura combinatoria casual: es ante todo el contacto primario y esencial con lo maravilloso dentro de nosotros, que se libera en una sacudida y en un fucilazo a través del lenguaje. Estos ciclogramas surgen en cierto modo de la sedimentación de ese proceso.
«Muchas veces el lenguaje se articula dentro de nuestra mente sin que nosotros tengamos un control racional sobre él; esa es la base en el fondo de la escritura automática y del automatismo psíquico defendido por los surrealistas, y también de la inspiración poética».
Los versos o epigramas se repiten como en una especie de invocación en la que he visto cierta conexión con la alquimia y la trasmutación poética tan valorada por el surrealismo. ¿Qué piensas sobre esto?
La invocación fundamental es, como te comenté, al trance, a penetrar en estados de consciencia similares a aquellos de los que surgen estos ciclogramas como tales. Creo que la forma textual que más se le puede asemejar es el oráculo, en tanto texto breve de significado oscuro o impenetrable y que procede de fuentes no racionales y no conscientes. El cometido último de la poesía, de la poesía verdadera, es presentar el misterio en forma de palabra, en forma de signo. La poesía es por tanto oráculo. En ese presentar el misterio, la poesía se presenta también a sí misma como misterio, porque en efecto, ¿quién o qué es lo que habla en ese oráculo? ¿No es el misterio mismo el que habla, a través de las palabras? Esta es precisamente la clave de la escritura automática a la que antes aludí: no sabemos quién o qué habla cuando escribimos en ese trance, el que habla es el misterio mismo haciéndose palabra. En cuanto a la alquimia del verbo, como la denominaba Rimbaud, que busca corromper, forzar, subvertir, sacudir o llevar al límite la palabra para revelar verdades ocultas, o para sacar a la luz verdades misteriosas, sin duda me he propuesto algo en esa línea con los ciclogramas, como se deduce más o menos de lo antes dicho; fue también la tarea de la poesía netamente oracular de Stefan George, al que rindo un pequeño homenaje en el libro. Se trata de una tarea anacrónica, en el sentido de que la poesía actual ha renunciado por completo a esa posibilidad de la poesía, pero eso me importa más bien poco. Solo el surrealismo y el psicoanálisis comparten en la actualidad esa idea de la poesía entendida no solo como oráculo y mediumnidad, sino también como exorcismo y curación. Esa que es sin duda la base misma del psicoanálisis, lo es también de la mística: el inconsciente que aflora lo hace para conducirnos hacia el lugar de la sanación, es decir, hacia el lugar de la salvación. El malestar consciente es exorcizado por la palabra surgida del más allá de la consciencia y de la racionalidad. Esto es pura alquimia, en el sentido de transformación misteriosa de materiales impuros u ordinarios en materiales valiosos y extraordinarios: transformación de palabras comunes en artefactos de sentido, artefactos de belleza y artefactos de misterio. Dentro del surrealismo, Breton planteó esa alquimia como una búsqueda del «oro del tiempo», como él lo denominó, es decir, la obtención de la belleza de lo convulso y de lo maravilloso a través de un proceso de inmersión en lo inconsciente por diferentes vías y métodos, que él y su grupo se encargaron de sondear y de dar a conocer. Se trata en el fondo de la tarea de, mediante la poesía o el arte, hacer emerger o de hacer desvelar lo maravilloso desde las oscuras fuentes misma de lo vivo, del mismo modo que los alquimistas buscan hacer emerger el oro a partir de minerales más toscos.
«El cometido último de la poesía, de la poesía verdadera, es presentar el misterio en forma de palabra, en forma de signo. La poesía es por tanto oráculo».
Abismo, nada, amor, sueño junto con el cuestionamiento de la identidad: «Soy el que no soy», «No soy el que soy», «Ser es intermitencia»… pienso que son los leitmotivs que engarzan el eco obsesivo del libro. ¿Crees lo mismo?
Sí, esos son los temas que van apareciendo. Todos ellos se van engarzando en torno a esa cuestión de la negación de la identidad, que es en el fondo la cuestión común a todos esos aspectos (el abismo, la nada, el amor y el sueño, además de otros como el olvido, la ausencia, lo invisible, etc.). En cierto modo el libro propone una especie de fenomenología poética de la no identidad, en la que la negación de la identidad libera en cierta manera potencias latentes o escondidas. En ese contexto es recurrente y obligado el uso de la paradoja, del oxímoron y de la antítesis, que yo he intentado reducir a su expresión nuclear, como intentando sacar su jugo, por decirlo así. Me da la impresión, por otra parte, que la no identidad es el fundamento mismo de la poesía, y es el acontecimiento que subyace a la metáfora, la analogía o la antítesis, como elemento básicos de lo poético.
«En cierto modo el libro propone una especie de fenomenología poética de la no identidad, en la que la negación de la identidad libera en cierta manera potencias latentes o escondidas».
¿Piensas que únicamente lo inusual puede producir un efecto poético?
Más que lo inusual yo diría lo maravilloso, que implica esencialmente una apertura al misterio que es la realidad. Lo maravilloso se desvela en el libro en arquetipos y símbolos (la rosa, el abismo, el haz de luz, etc.), en las mencionadas paradojas, en las metáforas sobre el alma o en la apertura a espacios de misterio como lo invisible, lo posible o lo incierto, entre otros. Es en esas regiones donde florece la poesía, allí donde la realidad se hace misterio y el misterio se hace realidad.
¿Cuál es el ritmo mágico, el sentimiento global y primigenio de Ciclogramas?
Creo que lo que de bueno y de bello puede tener el libro proviene de lo que podemos llamar la sabiduría del inconsciente, que es en el fondo un lenguaje hablándose a sí mismo desde sí mismo mediante imágenes, afirmaciones y negaciones muy potentes. Un saber antes del saber, y antes del yo. Lacan decía que la poesía crea agujeros en el lenguaje, y yo creo que estos ciclogramas son un poco una representación visual y al tiempo una encarnación en la palabra de esa idea. Y estos ciclogramas son también oráculos porque emiten un misterio difícil de interpretar en tanto que no se corresponde con el orden de lo racional y que se manifiesta como contradicción irreductible o como negación de lo racional mismo en tanto tal. A esto, en efecto, se le puede llamar magia, que no deja de ser sino una de las regiones de lo maravilloso.

Submit a Comment