Esta antología bilingüe ha sido traducida por Eugenio Castro (a quien está dedicado el libro in memoriam) y Jesús García Rodríguez, y coordinada y prologada por Lurdes Martínez
Según indica Lurdes Martínez, la selección realizada en La llama ebria. Antología de mujeres poetas del surrealismo (le habría gustado contar con Meret Oppenheim y Nicole Espagnol, pero «la maraña burocrática de los derechos de autor» lo ha impedido), ha tenido pricipalmente en cuenta el hecho de que la poeta forme o haya formado parte de un grupo surrealista. Es decir, la asunción de un compromiso o militancia con el ideario surrealista —haya sido este en toda su trayectoria vital, como en los casos de Joyce Mansour , Marianne Van Hirtum o Penelope Rosemont; de una forma circunstancial, como Alice Rahon o Mary Low; o siguiendo trayectorias propias como Gisèlle Prassinos, Annie Le Brun o Aase Berg—y no tanto a que los poemas creados se basen en una estética surrealista, si es que esta existe como tal. Admitiendo que haya tal estilo surrealista, se supone que este debería contar con parámetros fijos como la escritura automática, la expresión del pensamiento de forma poética —es decir, a partir de imágenes irracionales—, la función de los sueños y deseos y el total dominio de la imaginación.
Lurdes Martínez apunta también temas compartidos: la potencialidad subversiva del humor, la exaltación del amor, la locura como campo abierto al inconsciente y los enigmas del azar. Teniendo siempre en cuenta que el surrealismo no es sólo una manifestación artística e intelectual, sino y principalmente, un movimiento filosófico (no en el sentido académico, pero sí como la expresión de una nueva concepción del mundo), una manifestación de revuelta y una «aventura colectiva de horizonte utópico», como apunta Lurdes Martínez; y que el surrealismo reniega de la literatura, aunque sí se sirve de ella para mostrar y reivindicar el poder superior de la poesía, entendida no como género sino como una actividad del espíritu de gran poder liberador presente en cada acto de la vida.
Lurdes Martínez coordinadora y prologuista de La llama ebria es poeta y miembro del Grupo Surrealista de Madrid desde 1992, además de coeditora de la revista Salamandra y del periódico El Rapto. Es autora de Saqueadores de espuma. La ciudad y sus grietas y editora, coordinadora y prologuista de Bellas damas sin piedad. Mujeres del surrealismo, así como las plaquettes Detrás del invierno; La huella termita; y Los inspirados del borde del mar.
Mujer y surrealismo En numerosas ocasiones se ha hablado del uso de la mujer como musa pasiva y elemento erótico, excluida de la lucha y la presencia surrealista, y cómo las artistas y poetas surrealistas —sobre todo aquellas que tuvieron una relación sentimental con hombres del grupo— fueron relegadas a un segundo plano con respecto a sus parejas varones. También se ha denunciado la violencia masculina contra el cuerpo de la mujer en el ámbito del surrealismo con el uso de conceptos como el amour fou o la femme-enfant, el mito de la mujer feérica: la mujer-hada descrita por Breton, mediadora entre el hombre y el mundo. Respecto a estas afirmaciones, en el prólogo de La llama ebria, Lurdes Martínez atestigua: «sin pretender que el surrealismo esté libre de culpa sexista ni negar la menor proyección de las mujeres surrealistas respecto a sus compañeros… », la presencia documentada de las mujeres en manifestaciones colectivas del movimiento, así como el apoyo de los hombres del grupo en las obras de las mujeres surrealistas llevan tal afirmación hacia el lado contrario porque, como se atestigua, a partir de los años 30 las mujeres ocupan un lugar cada vez más evidente en el movimiento. Pero si parece desmentida la afirmación de que el surrealismo fue un movimiento machista o misógino, sí ha existido la discriminación de la mujer en las anteriores antologías de poesía surrealista (una de las muchas razones por las que este libro se hace necesario). Baste citar dos ejemplos: la Petite Anthologie Poétique du Surréalisme (1934), de Georges Hugnet, en donde no aparece reseñada ninguna poeta; o la Antología de la poesía surrealista, de Aldo Pelegrini (1985), en donde están presentes Leonora Carrington (con un sólo poema), Joyce Mansour (con tres) y Giséle Prassinos (también con tres), entre sesenta y cuatro poetas varones. El presente volumen demuestra que para estas mujeres la poesía no era sólo un ejercicio literario, sino también político y social, así como un medio de liberación total del espíritu. Se destaca la figura de Mary Low, quien junto a su compañero Juan Breá se trasladó a España en 1936 para contribuir a la revolución social, colaborando con la prensa del POUM y participando en el frente, sin abandonar su compromiso poético. También se recupera la figura de Claude Cahun, cuya escritura de tono existencial y cuestionamiento de la identidad se tradujo en un trabajo de resistencia política. Junto a su compañera Suzanne Malherbe, realizó una campaña de desmoralización contra las tropas nazis en la isla de Jersey, poniendo en práctica la capacidad subversiva del lenguaje. Del mismo modo, Laurence Iché mantuvo viva la llama del surrealismo bajo la ocupación nazi en París, participando en el grupo clandestino La Main à plume.
Igualmente, la selección de La llama ebria acaba con el omnipresente ámbito parisino al incluir a Ithell Colquhoun (figura importante en el surrealismo británico durante las décadas de 1930 y 1940) y a Mary Low (1912-2007, poeta y militante trotskista angloaustraliana), a la checa Alena Nádvorníková, del Grupo de Praga, a las belgas Irène Hamoir y Marianne Van Hirtum, a la alemana Unica Zürn (Berlín, 1916 – París, 1970), a la portuguesa Isabel Meyrelles (Matosinhos, 1929) , a la estadounidense Penelope Rosemont t (Chicago, 1942), a la sueca Aase Berg (Estocolmo, 1967); junto con voces latinoamericanas como las argentinas Carmen Bruna (Quilmes, 1928-Buenos Aires,2004) y Silvia Guiard (Buenos Aires, 1957, fundadora del Grupo Surrealista «Signo Ascendente») y a la chilena-canadiense Beatriz Hausner (Santiago de Chile, 1958). El resto de poetas, ya todas francesas, que completan la antología son Valentine Penrose (1898-1978) , Gisèlle Prassinos (1920 – 2015) , Alice Rahon (1904 -1987), Claude Cahun (1894 -1954), Laurence Iché (1921, curiosamente muerta en Galapagar, Madrid, en 2007, ya que se trasladó a España en 1949), a Joyce Mansour (de origen egipcio,1928-1986) y Annie Le Brun ( 1942-2024 ).
Por tanto, una exhaustiva y profunda antología que da a conocer a diecinueve mujeres poetas surrealistas dotadas con toda la potencialidad de lo poético y de la magia que lo sustenta.
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